El SÍNDROME DEL PAPEL EN BLANCO

Una segunda idea que conviene tener en cuenta se relaciona con la fase inicial del proceso de realización del proyecto de arquitectura: la obligatoria  aproximación preliminar al problema que se quiere resolver. Tan fundamental como previa,  posee la característica de poderse ver afectada unas carencias conceptuales que podríamos denominar síndrome del papel en blanco.

Como acto de creación, el proyectar partiendo originariamente de la nada representa en sí mismo tal esfuerzo intelectual —en ocasiones próximo al trauma— que debemos situarlo como uno de los orígenes de los muchos y muy diversos caminos perfilados como reglas para su supuesta superación práctica. Entre estos se podrían citar desde las hipotéticas metodologías proyectuales y universales para su ejecución racional —en ocasiones con abstrusas teorías ge- neralmente productos de las tendencias históricas del momento— hasta, amparados en el recuerdo y la memoria, la mera transcripción rutinaria de un modelo, por no llamarlo remedo, en su extremo menos decoroso. 

Aunque esta circunstancia se puede generalizar a cualquier acto de creación artística y no sea exclusiva de la Arquitectura, su presencia en esta posee una particular y específica incidencia en el arte. Sea por el esfuerzo económico que precisa la actividad, la dimensión física que alcanza en su ejecución, la atención de las ineludibles necesidades humanas de tener cobijo o por constituirse en  el símbolo de los anhelos y el poder de una sociedad, la Arquitectura se encuentra especialmente afectada en general por una libertad coartada y, en su práctica, por la necesidad de tener unos ineludibles puntos iniciales de referencia. De esa manera nos podemos encontrar que, participando de esa necesidad que podríamos llamar atávica de encontrar un punto de partida, han surgido en su desarrollo histórico desde las más diversas ordenanzas y normativas edificatorias hasta los más variados cánones estéticos, siendo irrelevante a este respecto que generalmente aparecieran estas bajo la coartada de atender a una uniformidad, bondad, racionalidad o belleza.

Instintivamente la pauta y el orden previo han debido existir siempre, incluso antes de los inicios de la propia arquitectura histórica documentada y de la existencia física de ese papel cuya traumática blancura nos acongoja. Nadie puede negar, por ejemplo, la existencia de un guión previo incluso en los monumentos megalíticos, entre los que puede servirnos de muestra destacada el conocido de Stonehenge en Wiltshire, cerca de Amesbury, Gran Bretaña. En las etapas posteriores, en las que la documentación de las teorías arquitectónicas paulatinamente se nos fue haciendo cada vez más explícita, la presencia de la norma nos fue resultando permanente.

Como podremos ver existieron, entre otras y añadidas a todas esas tramas ideológicas más o menos superpuestas, otras tramas —valga la redundancia y nunca mejor dicho— que adoptaron estructuras y formas geométricas, en ocasiones como soporte necesario a las teorías proyectuales que se exponían y, en otros casos, como supuestos garantes de la corrección de los resultados finales. Así, es fácil de encontrar intercaladas en muchas propuestas arquitectónicas unos trazados geométricos, dependientes cada uno de su particular geometría y defensores de su particular verdad. No nos debe resultar difícil reconocer que, en la ma-yoría de los casos, esa específica dependencia de una norma académica que ha precisado el arquitecto para su particular equilibrio mental — cuando eso es posible— son el origen de la formación y propagación de la mayoría de las estructuras geométricas que, asociadas al diseño arquitectónico, en el mundo han sido desde la antigüedad hasta el presente.
Trazados Reguladores en la Arquitectura 
FELIPE SOLER SANZ

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